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Hoy hablamos del buen humor de la mano de José Javier Armenteros


Fotografía publicada en Facebook por Juan de Dios Amate.

¡Hoy os traemos una nueva sección de nuestra crónica! Una sección que sabemos que os gusta mucho en papel y por eso no podía faltar aquí tampoco, en este blog que tan buena acogida ha tenido por vuestra parte. Se trata de ‘El buen humor’, realizada por José Javier Armenteros Jiménez.


Vamos a recuperar en este post los dos artículos publicados en las dos últimas crónicas. ¿Empezamos?


- Viejas costumbres


Mariluz...Si vivieras y pudieras ver... dirías, que los pollos de hoy ni son pollos, ni los huevos son huevos.

Mariluz conocía a sus gallinas como los dedos de sus manos. Todas las noches, antes de irse a la cama, cogía el candil que pendía de la chimenea, se sacaba una agujeta del moño y le hurgaba al pabilo para reavivar la llama. Entonces, en las casas labradoras, no había más que una bombilla en toda la vivienda, que normalmente colgaba de un cable y solía estar en la cocina, que era donde se hacía vida familiar; en el resto de la casa se seguía alumbrando con candiles y capuchinas.

Luego invitaba a alguno de sus nietos a que le acompañara al gallinero y, despacito para no despertarlas, se aproximaba a las gallinas que hacía rato dormían sobre el palo y con la suavidad de una madre acariciando a su hijito, les iba tocando con el dedo allí donde ella sabía, para comprobar cuántos huevos encontraría a la mañana siguiente en el ponedero. Y, al volver a la cocina, toda satisfecha de la revista, comentaba con la familia: “Mañana pone la Rosalía, la Francisquita y la Salerosa. La Chula está a punto de estrenarse...”.

Y así, adoptando aire de comadrona experta, iba dando cumplida relación del apaño de su casa con los ojos brillantes de orgullo.

Siempre tenía el corral limpio como los chorros del oro y se preocupaba por el bienestar de sus aves, ya que, como decía ella, las gallinas son animales muy agradecidos y si se las cuida bien, devuelven lo recibido con creces. Cuando los huevos costaban a real, los guardaba para trocarlos en las “tiendecillas” de su barrio, por café y otros ultramarinos a los que era aficionada, pero si valían a quince céntimos o dos un real, se dedicaba a hacer tortas de bizcocho, huevos a la nieve y otras reporterías para el regalo de los suyos, ya que sus gallinas valían demasiado para malbaratar su producción.

En enero cuidaba de que el suelo estuviera bien seco y preparaba las espuertas donde incubar los huevos. Les amasaba cáscara de patata cocida con mayuelo y se lo daba calentito y si el frío arreciaba, les metía en el pico granos de pimienta para darles calor, lo mismo que a los polluelos cuando nacían, para “espabilarlos”.

En tu memoria, recordaré los “huevos a los ajos porros” que hacías: freías con buen aceite de oliva de la casa abundante cantidad de cebollino y ajos porros frescos; cuando estaban tiernos aún les agregabas jamón cortado en dados y rodajas de chorizo, dándoles unas vueltas en la sartén; añadías los huevos necesarios según comensales y freías todo junto. Nunca te olvidaré, Mariluz, ni a tus gallinas ni a tus “huevos a los ajos porros”.


- El velatorio

Un día, casi al terminar la siesta, comenzaron a encomendar las campanas con su “din, dindán, din, dindán” …, reposado y continuo.

“¿Quién se ha muerto?, ¿quién se ha muerto?, se preguntaban unos a otros. No tardó mucho en saberse puerta por puerta: “¡Nena, que se ha muerto Pedro el del Huerto Santo y mañana a las diez es el entierro!”.

-¡Ay, Pedro, qué sola me dejas! ¡Ay, Pedro, que te ha llevado Dios muy rápido! ¡Ay, Pedro!, ¡nada más que con la extremaunción, sin poder traer al médico! ¡Ay, Pedro, hubiera costado lo que hubiera costado! ¡Aunque hubiera tenido que vender la burra, que ya para qué la quiero! ¡Ay, Pedro, cuánto te va a echar de menos el pobre animal! ¡Ayyy!

-Vente para fuera, Paco, vamos a liar un cigarro… Rápido, rápido…; quién sabe si no se lo ha cargado de un disgusto o de los muchos problemas ya que el pobre se iba muriendo un poco cada día. Vengo porque Pedro era amigo, pero no aguanto tanto lloro, que no parece, sino que ella quisiera llorar toda la pena de un tirón. Él es, el que tenía que estar llorando, el pobre, y ya no puede.

-Hombre, la mujer tiene que hacer su duelo…

-Vamos a ver, Paco, y ya para qué; ahora “muerto el burro, la cebada, al rabo”. No me mandes flores, dame todo el cariño en vida y no cuando crie malvas.

-Dicen que antiguamente se pagaban a mujeres en los entierros para llorar y cuanto más rico, más se lloraba.

-Pero, vamos a ver, Paco, vamos a ver ¿es que no hay que morirse? De cien que nacen, sin haber cometido delito alguno, estamos condenados a pena de muerte. ¿No hay que morirse, Paco? Pues se hace una despedida natural, como si fuera uno de viaje…

-Sí, pero no es lo mismo al Nuevo Mundo que al Otro Mundo del que nadie ha vuelto. Dame lumbre.

-¡Ay, mi Pedro, que ya no vas a comer más tajadas de tocino asadas en la lumbre, que tanto te gustaban! ¡Ay, Pedro, pero no tengas cuidado, que el tocino de cielo también está muy bueno!

-Es que esta vida es muy corta, Eulogio, si tuviéramos siete vidas como los gatos…

-¿Corta? Muy larga la tuvo Matusalén y se murió. Y si tuvieras cien vidas también nos parecerían pocas. ¿No ves que veinte años son un suspiro si lo miras por la punta de atrás? Los días duran menos que dura una alegría.

-Pues es que no teníamos que morirnos nunca.

-Vamos a ver, Paco ¿y hasta dónde nos íbamos a quedar viejos? ¡No íbamos a valer ni para colgar la camisa! ¡Vamos, menos que pasas de uvas!

-O quedarnos todos en la edad de Cristo.

-Vamos a ver, Paco ¿no ves que Eva y las hijas de Eva, y así las nietas, renietas y toda la reata de tataranietas, si no hubieran muerto no iban a parar de parir? Todo el mundo se iba a llenar de Adanes, con eso de poner a los hijos y a los nietos el nombre del padre y del abuelo. Piensa que íbamos a estar apretujados, más espesos que unos chiquillos en la puerta de una escuela.

-Pues ¡ancho es el mundo! Todos al campo, que hay mucho.

-Hay que pensar. ¿Dónde iban a estar metidos todos los romanos, los árabes, los judíos y los unos y los otros… y todos los vándalos que en el mundo han existido… Vamos a ver, Paco, ¿para qué crees que hay guerras, pestes…? ¡Pues para dejar anchura! ¿No ves que, si no, no íbamos a caber ni parados? No iba a quedar sitio ni para plantar una mata de acelgas, ni una zanahoria.

-Allí en los cielos sí que tiene que haber anchura.

-¡Y mucha más todavía en los infiernos! -¡Ay, Pedro, dile a mi madre cuando la veas que he encontrado la llave del arca, que la pobre se fue al cielo pensando que se había perdido!

-¿Tú de qué quinta eres, Eulogio?

-Yo de la quinta del… no se bien, pues me libré por hijo de viuda. Pero, los años que tengo por venir, no los sé, ojalá sean muchos; los años vividos son ya cincuenta y seis.

-Es que la vida no es nada, Eulogio ¡Hoy somos y mañana estatuas!

-El tiempo es la epidemia que más mata; pues el tiempo no es nuestro, no lo podemos guardar ni en el banco, lo tenemos prestado y cuando menos esperas viene el Amo y te lo recoge.

-El tiempo corre y corre. Y es igual que te pongas al sol o a la sombra. No hay quien lo pare.

-¡Ay, Pedro de mi alma y de mi corazón!...

-Aunque muchas veces no parece pasar…

-… ¡Lo que me has hecho, Pedro!... ¡Pedro de mi alma, lo que me has hecho! ¡Ay Pedro, tanto que te gustaba mi vestido verde estampado de lunares…! ¡Sin ti ya no importa nada en este mundo! ¡Tened cuidado con la lámpara de cristal de la entrada, que está muy baja, no vayáis a darle que me costó doscientos reales! ¡Ay, qué pena tan grande!

-Para eso sí tenías reales y al pobre Pedro no le daba ni para tabaco.

-Es que Pedro era un calzonazos… -¡Un respeto, Eulogio, que todavía está de cuerpo presente ¡Dios lo haya perdonado!

-Pero vamos a ver ¿por qué hay que decir al muerto nada más que lo bueno? Pues Pedro, te lo digo, como sabrás, tenía más malo que bueno, … igual que todos, y, además era un “achantao”. Compréndelo, tú ¿qué iba a hacer el pobre?

-El pobre estaba muerto desde que se le fue la ilusión. Esto hoy no es más que su entierro.

-Es que comprende, cada uno es mismamente la mujer que te toque; la mujer es el quitapenas y la gloria o el martirio y la condenación.

-Tienes razón, Paco ¡tienes mucha razón! que ya lo decía San Agustín: “no hay cosa más buena en el mundo que una mujer buena y Dios en el cielo; y no hay cosa peor que una mujer rabiosa y Lucifer en los infiernos”.

-¡Ay, Pedro, que te vas sin cobrarle a tu primo los dos mil reales que te debe y a mí no me los va a querer pagar! ¡Ayyy… ayyy… ayyy! ¡Te dejas mi alegría encarcelada! ¡Ay Pedro, despierta! ¡Despierta y ve ahora mismo a casa de tu primo y que te de los dos mil reales que te debe, que a mí no me los quiere pagar! ¡Venga!

-¡Ay, Pedro, que ya no te voy a hacer más ponches de huevo y vino!

La viuda doliente se hizo al final con los dos mil reales ya que “los duelos con pan son menos”.

A los pocos días de la misa del año, sin que nadie se enterara, de la noche a la mañana, se casó ¡Ángela María! de verde con lunares, en segundas, con el primo de Pedro, al que también le gustaban mucho las tajadas de tocino asadas en la lumbre y los ponches de huevo y vino batido.

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